
Siempre tuve miedo, desde muy pequeño, a que el tiempo me faltara, a que no supiera descubrir el camino de la gloria, como en las películas de grandes batallas que tanto me gustaban de niño. Y, lo cierto es que, en los últimos diez años he tirado el miedo por la borda, como se hace con un fardo de ropa sucia.
La tarde se desprende del tiempo cada vez que coincido en su mismo recorrido. Se divide como las hojas de un calendario. Ordenadamente. A veces se descompone, uniformemente o no, según le parezca, como las nubes o las mandarinas. A gajos. Otras veces, sangra como una vena cortada con una hoja de afeitar.
Y a pesar de la consternación que provoca su visión, resulta de agradecer poder compartir la vida con una persona que por fin, se ha vuelto más real que todas las demás. O al menos eso creo. Ya sabes: con el mes de febrero las tardes traen consigo esa hora indeterminada que acecha y no negocia, que resbala por los pantanos de nuestros sueños y las aceras de las calles, dejando caer la noche con su abrazo del color de la luna cuando está en llamas. Y entonces, pienso en ti. En cualquier pequeño detalle, venial a ser posible, que me recuerde que, con toda mi pesada carga de trascendencia a cuestas, esa chepa que me hace andar quebrado, una palabra tuya puede ser capaz de arruinar mi buena reputación. Eso no debe ser la felicidad, porque la felicidad, sencillamente, no existe, pero sí algo que se le parece mucho. Eso debe ser.
Quizás por eso, cada vez que encuentro jóvenes enamorados en los portales, bellas mujeres diábolo, campana o cilindro revoloteando su encanto entre los atascos, pero, músicas doblándose como esquinas pero, sobre todo, el hilo tenso de una trompeta, la cálida voz de un trompetista, pienso en el mundo, que, al fin y al cabo es otra manera de pensar en mí mismo, y también en ti, y, en definitiva, en lo poco de real que me queda, tú, por ejemplo, recién levantada, tomándote el café y las galletas mientras hojeas el suplemento del domingo. O ese corneta de cortejos fúnebres y humo de noche, la trompeta del señor Armstrong. El único capaz de devolverme algún recuerdo que no sea inventado.
Eran otros tiempos. Los paraguas se parecían mucho a las sotanas de los curas y los niños llevábamos bufandas y guantes de lana y tomábamos leche con colacao.
Los ocres cortejaban las calles desprovistas de coches y sus pies cosidos por los raíles de los tranvías. El tono amarillento e indeciso de las farolas al caer la noche y el sereno dando la hora. Ni el pop art de la oficina, ni el empecinamiento de tantos amigos en convertirse en conocidos, por no decir saludados consigue que yo pierda la ilusión por el dadaísmo de tu risa.
Es un placer, en definitiva, llegar, aunque ya no sea más que un vulgar excombatiente que se relame las heridas y que lleva con sabia dignidad sus cicatrices interiores, las fracturas de pensamiento y contusiones varias, es un placer – digo – llegar año tras año a nuestro aniversario. Porque los años nos han hecho más viejos pero también más amigos y más queridos, y la oscuridad de los atardeceres de febrero, tal día como hoy, once de febrero, cuando te dije lo tonto que había sido en no quererte antes, en esperar tanto tiempo a dar el salto sin red, como si eso fuera importante, un batacazo más. Por eso mismo, lo antes interpretaba como melancolía ahora se ha convertido en la agradable fatiga del marinero que llega al puerto de tu bella sonrisa dadaísta.