
El "belo" pintando, o "despintando", no se sabe bien qué
Esmeraldita, "la inocente" 
Los "cupables" de que "la Nena" esté con nosotros

los "aguerridos" descendientes
Esmeralda García Covo nació un 9 de julio, hace unos cuántos años, no demasiados, bajo el signo de cáncer, en Figueras, Girona.
De padre y muy señor mío sevillano (Juan), y madre muy gallega ella (Esmeralda), a la pequeña Esmeraldita le tocó “la suerte” de tener tres hermanos varones, casi uno detrás del otro, al cuál más alto y hermoso.
En lugar de desanimarse por tan "desigualdad", los trompicones y zarandeos de los muchachos la hizo más fuerte y también más paciente, y moldeó su carácter, fortaleciéndolo y anidando en ella el espíritu luchador, perseverante y, sobre todo, generoso que tanto cariño ha provocado, tanto entre los más cercanos como en el primero o primera que todavía llama a la puerta de su, ya famoso en el mundo mundial, Taller de Restauración.
Todo ello no impidió, no obstante, que, y ya en Barcelona, durante los largos veranos en el chalet Villa Maruja de Castelldefelds, se reproduciera con cierta frecuencia el “clásico” de todos los veranos. La eterna alianza entre los tres hermanos acababa inevitablemente con Esmeralda en la piscina. ¡Y no necesariamente con el bañador puesto!
No disponemos de pruebas fotográficas o de otra índole sobre la magnitud de tan “saludable” costumbre, si bien podemos convenir en la veracidad de lo contado si comprobamos cómo cada año, y con sus diversas variantes, dicha tradición se ha asentado en las más profundas costumbres de la familia García.
En la calçotada anual del Hilton Perelló, y mientras el tan querido – y añorado- Juan, también llamado “el belo” (por lo de abuelo), se retiraba discretamente, mutis por el foro, hacia el interior de la finca, otra vez los tres hermanos "valientes”, y sus aguerridos descendientes, David, Irene, Pol, Claudia y Alicia, al grito de "¡Agua va!” nos echan de cubos hasta el gorro, y nunca mejor dicho.
Claro que siempre hay algún listillo novato (no quiero decir su nombre para que no ofenda) que pretende escaquearse del diluvio con el rollo de la siesta. ¡Infeliz! Todavía conservamos la imagen de su oronda figura apareciendo en el umbral del porche con el café y el cigarrillo, como quién sale a la terraza del hotel (lo de Hilton debió confundirle al pobre). Lo que le cayó ese día no fue el diluvio. Aquello más bien parecía una tormenta de estrellas.
En lugar de desanimarse por tan "desigualdad", los trompicones y zarandeos de los muchachos la hizo más fuerte y también más paciente, y moldeó su carácter, fortaleciéndolo y anidando en ella el espíritu luchador, perseverante y, sobre todo, generoso que tanto cariño ha provocado, tanto entre los más cercanos como en el primero o primera que todavía llama a la puerta de su, ya famoso en el mundo mundial, Taller de Restauración.
Todo ello no impidió, no obstante, que, y ya en Barcelona, durante los largos veranos en el chalet Villa Maruja de Castelldefelds, se reproduciera con cierta frecuencia el “clásico” de todos los veranos. La eterna alianza entre los tres hermanos acababa inevitablemente con Esmeralda en la piscina. ¡Y no necesariamente con el bañador puesto!
No disponemos de pruebas fotográficas o de otra índole sobre la magnitud de tan “saludable” costumbre, si bien podemos convenir en la veracidad de lo contado si comprobamos cómo cada año, y con sus diversas variantes, dicha tradición se ha asentado en las más profundas costumbres de la familia García.
En la calçotada anual del Hilton Perelló, y mientras el tan querido – y añorado- Juan, también llamado “el belo” (por lo de abuelo), se retiraba discretamente, mutis por el foro, hacia el interior de la finca, otra vez los tres hermanos "valientes”, y sus aguerridos descendientes, David, Irene, Pol, Claudia y Alicia, al grito de "¡Agua va!” nos echan de cubos hasta el gorro, y nunca mejor dicho.
Claro que siempre hay algún listillo novato (no quiero decir su nombre para que no ofenda) que pretende escaquearse del diluvio con el rollo de la siesta. ¡Infeliz! Todavía conservamos la imagen de su oronda figura apareciendo en el umbral del porche con el café y el cigarrillo, como quién sale a la terraza del hotel (lo de Hilton debió confundirle al pobre). Lo que le cayó ese día no fue el diluvio. Aquello más bien parecía una tormenta de estrellas.

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